Silencio: Martin Scorsese a medio gas

Martin Scorsese estrenó la semana pasada Silencio, la que es su última película y además un proyecto personal que llevaba intentando hacer realidad desde hace casi dos décadas. Sin duda Scorsese se ha volcado en una producción de proporciones épicas que se aleja bastante del cine al que nos tiene acostumbrados. Aún así el resultado no llega a alcanzar las expectativas generadas. Veamos por qué.

Silencio nos narra la historia de los sacerdotes jesuitas que predicaban el cristianismo en el Japón del siglo XVII y la persecución a la que estos eran sometidos por las autoridades japonesas. Ojo, que se trata de ficción, y no está basada en hechos reales como podría parecer. El guion, que firma el propio Martin Scorsese junto a Jay Cocks, está basado en la novela de Shusaku Endo del mismo nombre.

Las peripecias de los sacerdotes Rodrigues y Garupe en busca del padre Ferreira por las islas de Japón no son solo una aventura épica, sino un recorrido por el diálogo entre el hombre y Dios. Un diálogo que es más bien un monólogo ante el recalcitrante silencio del segundo interlocutor. Eso junto a la dureza de las situaciones que viven los sacerdotes da pie a una interesante cascada de reflexiones teológicas y políticas que son lo mejor de la película.

Hasta aquí todo bien. Sin embargo las evidentes pretensiones del relato no están a la altura del resultado final. Dejando a un lado el enfoque religioso de Scorsese, la narración es fría y distante, uno no acaba de conectar nunca con la odisea de los sacerdotes ni con las penurias de los aldeanos cristianos japoneses.

Silencio está construida en dos partes bien diferenciadas. La primera es excelente, mantiene la tensión y el misterio; mientras que la segunda se va desinflando poco a poco hasta perder gran parte del interés. Dicho esto hay que reconocer que el ritmo de la película es perfecto, a pesar de su duración no decae en ningún momento. Martin Scorsese es un maestro y se nota. Punto.

Ahora bien, Silencio es excesivamente larga. Nada justifica una cinta tan dilatada para un relato que se podría haber contado perfectamente igual con un metraje más conciso. Por muy bien que lo haga el director es inevitable que este hecho lastre la película para mal.

El reparto tampoco cumple del todo las expectativas. Liam Neeson ha hecho un paréntesis en su continua búsqueda de su hija en esas películas de serie B que protagoniza últimamente para hacer un cameo en el Silencio de Scorsese. Una aparición correcta y poco más que añadir.

El papel protagonista sobre el que cae el mayor peso de la película es para Andrew Garfield el cual, en mi opinión, está un tanto sobre actuado. No me lo acabo de creer. Sin duda el mejor es Adam Driver, aunque eso sí en un rol secundario. Driver es el actor revelación de la temporada -al que hemos visto hace poco en la estupenda Paterson– y se echa de menos un mayor protagonismo suyo en Silencio.

En el resto de aspectos técnicos Silencio es más que correcta, con una fotografía estupenda y una escenografía muy cuidada, aunque sin destacar especialmente en ningún apartado.

Mención especial merece el tema de la música. O mejor dicho: la total ausencia de esta. Scorsese opta conscientemente por prescindir de una banda sonora musical y deja solo los sonidos ambientales de la naturaleza. Esta elección es interesante y, en algunos momentos, perfecta. Pero seamos sinceros, a la hora de emocionar y conectar con el espectador la música en las películas juega un papel fundamental. Eso es de primero de cine. Cuando antes hablaba de que el espectador se distanciaba del relato en Silencio buena parte de la culpa la tiene la ausencia de música.

Silencio es un quiero y no puedo. Una odisea épica a medio gas. Es buena, se ve con interés a pesar de su excesiva duración. Pero no deja de ser una obra menor de Scorsese. Solo para fans.

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